Archivo de la categoría: Mordiscos en la memoria

Fisterra

Montse Urquiza

Chau número tres, Mario Benedetti

marioBenedetti

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.

Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.

Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.

Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.

Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

Mario Benedetti

Montse Urquiza

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La hora del planeta

lahoradelplanetaLa Hora del Planeta de WWF se celebrará el próximo sábado 28 de marzo, entre las 20.30 y las 21.30, momento en el que el mundo entero se una frente al cambio climático. Más de 2.400 ciudades de 82 países se han comprometido, por el momento, con la iniciativa de WWF. En España, 26 ciudades apagarán sus edificios más emblemáticos durante una hora. Entre ellas, Madrid, Barcelona, Bilbao, Granada, Segovia y Zaragoza.

La Hora del Planeta busca sensibilizar a la población sobre la amenaza del cambio climático y demostrar que es posible la acción, tanto de forma global como individual.

Los monumentos españoles que ya forman parte de la Hora del Planeta son: el museo Guggenheim, en Bilbao, la Sagrada Familia, la Pedrera de Caixa Catalunya y la Torre Agbar, en Barcelona, la Puerta de Alcalá, el Palacio Real y el Congreso de los Diputados, en Madrid, la Plaza del Pilar y el Ayuntamiento de Zaragoza, el Acueducto y la Catedral, en Segovia, la Giralda y la Torre del Oro, en Sevilla, la Alhambra, en Granada, así como el Ayuntamiento y el Palau de la Música, en Valencia.

¡Apaga la luz, enciende el planeta!

Montse Urquiza

Sólo una cosa más

Hoy es el aniversario de un día gris.
Hoy es el cumpleaños de la mañana que te fuiste.

Te quiero, eso fue lo último que te dije, y lo recuerdo bien porque fue la primera vez.

Tu habitación se convirtió en el mundo.
Tu sillón azul orejero, reclinable y mullido, en un hogar acogedor lleno de calma. Y yo, estaba allí para despedirme.

¿Cómo se hace eso? ¿Cómo te despides de parte de tu vida? ¿Cómo dices adiós a un ser que se compone de sonrisas y de un millón de bocanadas de aire fresco?

Yo no pude decirlo.
Sólo acerté a tocar esas manos de uñas nacaradas, esas que acunaron muchos de mis sueños. Y en un hueco, cerca de tu cuello, coloqué mi te quiero.

Aún hoy, pesé a la química que te mantenía lejos del sufrimiento, tengo la ilusión de que me oyeras, y de que por un instante olvidases el miedo.

Mi abuela nació el día 12 del mes 12 del año 1912. Fue la primera de tres generaciones de “Montses” de las que me incluyo como coletilla.
Perdió hermanos en la guerra del 36, cuido de los que le quedaron como una madre, y según sus propias palabras, llegó a comer pienso para gallinas y a fumar coronas sin filtro como un carretero para quitarse el hambre.
Pero eso no evitó que contase a sus nietos su vida con más risas que dramas e incluyese detrás de cada sufrimiento una tremenda carcajada.

Mi abuela era pura vida.
Siempre decía, “la vida es un fandango y el que no lo baile es un tonto”.
Ella era una excelente compañera de baile.

Supongo que los que no la conocisteis no notasteis que la mañana que se fue el mundo se descompaso y sufrió una pequeña arritmia. Lo achacaríais a un temblor de tierra.

El caso es que yo no pude decirle adiós, y eso es porque no quería que se fuera. Pero se fue, y yo decidí no creérmelo de golpe para poder seguir bailando sin ella.

Sólo una cosa más.

¿Una copa de champán?

Montse Urquiza

Pies pequeños, corazón grande

Recuerdo perfectamente cuando le conocí.
Con su metro ochenta y cinco y esos pequeños pies que le dan a su cuerpo una curiosa forma de V.
Llevaba un pantalón de tela oscuro y sus zapatillas verdes, ese pelo que nunca sabré si peina o despeina y su camiseta favorita, la que como el dice le hace la vida más fácil porque su color azul acuoso le recuerda el mar, ese mar que tanto añora.
Aquel día llegué tarde al trabajo, el metro volvió a hacerme de las suyas. Salí escupida del cutre ascensor de los años ochenta, que desconocía los botones digitales, y recorrí el interminable pasillo blanco casi patinando sobre el mármol, de un color indefinido entre rosa y salmón, hasta llegar a mí mesa.
Ángel ya estaba allí, no se inmuto con mi alboroto ni con mi respiración casi asmática por el esfuerzo.
Él y sus diminutos pies siguieron en la misma posición frente a la puerta de mi jefe. Su mirada clavada en el pomo.
Me senté tras la mesa, justo a su derecha, y en cuanto me deshice del bolso y recuperé el aliento me dirigí a él.

-Buenos días, disculpe el retraso.-dije animadamente. ¿Estaba esperando para ver al señor Gilabert?

-Si.-respondió mirándome con una sonrisa cansada, como cuando sonríes a un niño que no entiende la gravedad de la situación.

Volvió a su posición inicial. Mirando el pomo obsesivamente, parecía pensar que se escaparía en algún momento.

-Perdone.-dije-dígame su nombre para comunicar al señor Gilabert que esta usted aquí.

-Ángel, Ángel Valiente.-me contesto sin dejar de mirar el pomo.

-Señor, Ángel Valiente está aquí, ¿le hago pasar?-pregunte por el interfono.

-Si señorita Reyes, dígale que entre.-contesto la voz metálica.

-Puede usted pasar.-le indique con una amplia sonrisa.

Pero él no movió una pestaña, sus minúsculos pies quedaron en el mismo punto del suelo y su mirada clavada en el pomo mientras asentía con la cabeza.
Me quedé en silencio observándole, expectante ante la extraña situación.
Sus manos estaban cerradas en puño, las apretaba rítmicamente a la altura de los bolsillos del pantalón. Murmuraba algo mientras insistía en mirar el pomo de la puerta.

-No puedo, no puedo…no puedo.-susurraba mientras seguía con el compás de las manos.

Al instante pasaba a otro balbuceo.

-Vamos ángel entra, venga entra de una vez o vete, estas haciendo el ridículo.-repetía entre dientes.

Seguí observándole. Era fascinante ver como aquel ser con forma de V se sostenía, de manera increíble, sobre aquellos pies “liliputienses”

Irguió la cabeza y miró al frente con la mandíbula apretada. Desempuño la mano derecha y la llevo hasta el pomo. Lo apretó, lo apretó tanto que creí que iba a hacerse daño, pero antes de ponerse totalmente rojo del esfuerzo lo soltó despacio y volvió a bajar la cabeza. Sin duda para él esa puerta era infranqueable.

-Si en algún momento se decide a algo me gustaría invitarle a un café para que me cuente su historia, o para que me la cuente algún día.-pensé.

Pero seguía ahí varado, como una ballena que ha perdido el rumbo.

-Vamos.-pensaba mirándole.-Decídete.

Ángel seguía su dinámica de juegos con la puerta. Cerraba los ojos y sonreía como burlándose de si mismo.
En un momento le vi respirar hondo, como cuando en la playa viene una ola muy grande y sabes que vas a pasar tiempo bajo el agua. Entonces escuché su voz clara.

-Uno, dos, tres…

Montse Urquiza

Caminando hacia delante

Montse Urquiza

Un poco de ti

Esta vez me permito la claridad en mis palabras,
el mensaje debe caer en saco cosido, remendado, preparado.

Quiero preguntar.
En realidad, más bien que nos preguntemos.

Cuando podáis, cuando queráis,
en un momento inconcreto.
Tal vez os sorprenda en mitad de la noche,
mirando hacia un cielo sin estrellas,
durmiendo con los ojos despiertos,
saliendo del coche,
corriendo en el metro,
con los pies llenos de arena en la playa,
la garganta ahogada…
Tal vez nunca llegue,
eso es cosa nuestra.

Los interrogantes son movimiento de tripas, de corazón.
Preguntar significa reacción, aprendizaje,
tal vez indiscreción,
quizá ingenuidad,
pero siempre un camino abierto.

Las dudas corretean,
el miedo y la cobardía las amordazan fuerte.

Una de ellas, pequeña y luchadora,
se ha plantado en mí,
directamente a mis ojos,
frente a frente.

Este mundo donde se extinguen en silencio
pequeñas vidas cada 3 segundos.
Esta tierra que ya no puede más con nuestro despotismo.

¿Este es el mundo que deseo?

¿Cómo puedo ayudar?

Planteando preguntas.
A mi, a vosotros.

Las utopías no existen, el egoísmo si.
Luchemos contra lo que podemos ver.

Dejemos de pensar en que no podemos hacer
nada por nadie que no seamos nosotros.

Al menos, empezad a sentiros incómodos
con la apatía comunitaria que nos han implantado
como geranios en el hipotálamo.

Sólo, empecemos a preguntar cosas.
Luchad por ser mejores por dentro y no por fuera.
Hagamos algo por nuestra vida.
Demos algo de verdad válido a los demás.
Se puede.
Podemos.

Montse Urquiza

Vuelo Raso

Montse Urquiza

Despensa congelada

Mientras espero que los sueños ser conformen con ser sueños,
llenaré mi despensa de silencio congelado,
frío invernal silencioso.

Mi vida está compuesta por esperanzas,
por días en fantasías gratas,
¿qué será de mi estómago si solo alberga ruinas de escarcha?
Convertida en colmena de hielo.
Sumisa a la real postura de quienes quieren vivir despiertos,
realmente viva – muerta,
solamente entera en parte,
y en parte sola.

Deseo que los sueños nunca se conformen con ser sueños,
y que la palabra conformarse
se hunda en mi despensa congelada.

Montse Urquiza

Sed

Pavimentos que almacenan el
agua del cielo,
contienen,
retienen,
ocultan, mantienen,
atrapan, someten su ímpetu,
su libre goteo.

Convertida en agua de vaso,
en sorbo de sed sin sed,
en lágrima de su propio llanto.
En manos de proxenetas
sedientos de razón y
ahogados en ignorancia.

Ella que es la musa de la tierra,
despreciada.
Nosotros,
Somos lo contrario de verdad,
bondad, paz, solidaridad o inocencia,
y aún así, reyes de unos días
en vías de extinción.

Montse Urquiza

Submarino nuclear caza patera

Ramón Derecho siempre estuvo obsesionado con servir a la patria y aniquilar al enemigo.

Pese a todos sus años como capitán al mando del sumergible San Juan, submarino que vive sus días en la costa almeriense, no tuvo la buena fortuna de acudir a ninguna guerra en la que pudiese bombardear, dinamitar o destripar, en su defecto, a ningún pobre desgraciado.

Tal era su afán por llenarse de gloria con un “bombazo torpedero”, que un día, durante unas maniobras de rutina, avistó en el horizonte una patera y quiso liarse a cañonazos. Por suerte la tripulación del San Juan, en su gran mayoría, eran mozos sanos que pocas ganas tenían de ver volar por los aires una barcaza que hacía aguas ya por si sola. Así que se le echaron encima antes de que pulsase el botón rojo.

- ¡Mi capitán!, ¿¡Se ha vuelto loco!? – gritó el teniente Alvarado.

- ¿Loco?, ¿pero no os dais cuenta de que son terroristas?, seguramente una facción fortalecida de Al Qaeda ¡que pretende atacar España! Pero no, no, no, estos no saben con quien se la juegan. ¡Soy el capitán Ramón Derecho!

Y derecho se lanzó de nuevo al botón rojo, y derechos todos a frenar al capitán Ramón Derecho.

Y ahora, firmes, pero firmes como velas tiene a todas las moscas del manicomio en previsión de la tercera guerra mundial…

Montse Urquiza

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